Si pusiera un cronómetro que contase los segundos pasados desde que recordé que esto existía, probablemente las cifras ocuparían una novela. No me refiero a tragicomedias kilométricas que invaden, cogiendo polvo, las estanterías de nuestros salones, sino a esos libros fáciles, sencillos y amenos que terminan por acabarse a la vez que el café de la mesilla. De forma lenta pero gustosa, sorbo a sorbo y disfrutando cada pequeña gota -o palabra- que lo componga.
Es por eso que dejo atrás todos esos largos segundos pasados y vuelvo a enfrascarme en este pequeño proyecto. Porque la vida pasa, pero los momentos prevalecen, pero cómo recordarlos si olvidamos que ocurrieron.
Últimamente no paro de recordar esa cita que tanto me gusta. Esa que dice: "Oía latir mi corazón, los corazones de todos. Oía los ruidos humanos que allí hacíamos. Nadie osaba moverse. Ni cuando nos quedamos a oscuras". Una vez más, vuelve a ponerme la piel de gallina. Esta cita forma parte del libro "¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?", pero aún no lo he leído. Quizá por miedo a que la frase forme un significado totalmente opuesto al que mi mente ha creado, y de repente ese sentimiento que surge en mi interior cada vez que las palabras de la frase retumban en mi cabeza desaparezca y se marchite. Ese libro que tanto tiempo lleva cogiendo polvo en mi habitación, casi como las tragicomedias mencionadas previamente.
Parece mentira el significado que cuatro palabras escritas por alguien a quien ni siquiera ponemos cara pueden llegar tan hondo de nuestro ser. Frases que pueden transmitir todo tipo de emociones: alegría, tristeza, melancolía.
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