Desperté una madrugada a eso de las cuatro y veintitrés. Solía pasarme muy a menudo, cuando el resto estaban dormidos y parecía que aquella hora maldita era la única en la que por fin encontraría el silencio adecuado. Era un silencio sobrecogedor, podría decir que incluso a veces resultaba temible. De aquellos silencios que simplemente te encogen de tal manera que apenas puedes disfrutar del soplo de aire que llega a tus pulmones más o menos cada segundos y tres décimas.
Esa madrugada que desperté sentí que el reloj de la mesilla, cuyas agujas había estado observando durante el último año y medio, ya no era aquel aparato que mecía sobre la madera de roble esperando a pararse algún día de verano. Se había convertido en un instrumento cuyo propósito al ser inventado era recordarme dónde estaba yo.
Seguía allí donde había despertado, con millones de cosas pasando por mi cabeza, cosas tan absurdas como pararme a pensar en los errores que había cometido hacía dos días. Paré mi cabeza en seco y, aunque siempre dijeron que es imposible que el cerebro no piense, juro que mi juicio decidió descansar por lo menos hasta que dieran y media.
Cuando recobró la consciencia mi mirada se aclaró. Fue entonces cuando me di cuenta de que quién había estado encerrado tanto tiempo en una jaula no era él, sino yo.
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