Que la atmósfera se esté expandiendo, que las hojas caigan en otoño, que los cuerpos envejezcan o que el papel se queme a 233º (tal y como titula el libro Fahrenheit 451) no son hechos novedosos. El alrededor nos aporta situaciones, acontecimientos o incluso objetos que nos vienen dados por sí solos, los cuales nosotros, humanos de carne, hueso y sentimientos, no podemos variar. Así son las cosas y así nos las han dado. Quizá sea una lástima. Una lástima no podamos pasar por encima del fuego sin sentir el dolor del quemazón. Una lástima que no seamos capaces de adentrarnos en lo más profundo del océano sin tener miedo a que nuestras arterias padezcan la presión de lo más hondo y que nuestros pulmones no estén capacidatos para ello. Una lástima que, aquellos que no poseemos millones, no podamos estar en cualquier parte del mundo, a cualquier hora, en cualquier momento de cualquier día. Lástima. Lás. Ti. Ma. Es una palabra que, por mucho que repita, no deja de recordarme a algo: estimar. Sentir aprecio hacia algo. Siento que la palabra lástima esconde tras de sí algo que nos martiriza por dentro: sentir aprecio hacia algo que no es tal y como nos gustaría. Quizá, ahora sí, sea el momento de dejar de lastimar y empezar a quitar el prefijo las-, para quedarnos, simple y sencillamente, con la palabra estima.
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